Conversar con algo que no existe. La conversación tiene efecto aunque del otro lado no haya nadie

En este artículo

  1. La práctica antigua de hablarle a algo
  2. Muertos, diarios, perros, monólogos
  3. La novedad del chatbot
  4. La paradoja sin paradoja
  5. Lo que la escala cambia
  6. La pregunta no medida
  7. La conversación reformulada en silencio

Definiciones · Referencias · También te interesa · En otros sitios

Hablar con un chatbot no es hablar con alguien, y aun así la experiencia de sentir que sí lo es resulta perfectamente real. Ahí está el truco: la conversación produce efecto sobre quien la sostiene aunque del otro lado no responda nadie. Tampoco es nada nuevo. Rezar, hablarle al muerto, escribir un diario, dirigirse al perro — son maneras humanas, todas viejísimas, de conversar con un receptor que no está o que no contesta. Lo nuevo es la escala. Cientos de millones de personas en sesión continua, y a nadie le consta todavía qué le hace eso al cerebro.

La práctica antigua de hablarle a algo

Lo primero que pensé, la primera vez que vi a alguien desahogarse en serio con un chatbot, no fue que aquello fuera moderno. Fue que lo había visto antes, en otros formatos, durante toda mi vida. Llevamos miles de años dirigiéndonos a interlocutores que no eran interlocutores, y conviene tener ese catálogo delante antes de medir nada, porque sin él cualquier afirmación sobre lo que la máquina cambia es aire.

Empiezo por la más extendida y la mejor documentada. Rezar es dirigir la palabra a un dios, a un santo, a un ancestro o a una fuerza impersonal que no devuelve respuesta directa. El intercambio nace torcido: el hablante pide, formula, se queja, se desahoga, y la respuesta — cuando se interpreta como tal — llega después, en hechos que el creyente lee hacia atrás como signo. Tanya Luhrmann documentó etnográficamente en How God Becomes Real (Princeton University Press, 2020) las prácticas concretas con las que los creyentes sostienen activamente la sensación de presencia del otro invisible. No es algo que les ocurra sin más. Es un trabajo, y ese trabajo tiene efectos psicológicos sobre quien lo hace, exista o no alguien escuchando.

Muertos, diarios, perros, monólogos

El duelo abre otra de estas conversaciones. Quien pierde a alguien le sigue hablando durante meses o años, en voz alta o por dentro, contándole lo que pasa, despidiéndose otra vez, pidiendo o concediendo un perdón que ya no llegará a oírse. El interlocutor no responde porque no está, y aun así el intercambio reorganiza el dolor del que habla. Pone palabras a lo que no se alcanzó a decir en vida, encaja la pérdida dentro de la biografía, mantiene un vínculo que el cuerpo del otro ya no puede sostener.

El diario funciona por un mecanismo parecido, y este sí se ha medido en laboratorio. James Pennebaker reunió en Opening Up by Writing It Down (Guilford, 1997) décadas de investigación experimental sobre la escritura acerca de experiencias emocionalmente difíciles, y los efectos resultaron tangibles: bajan los síntomas depresivos, mejoran ciertos marcadores de salud física, sube el rendimiento académico y laboral. El destinatario del diario no existe materialmente en ningún momento de ese proceso. Lo que produce el efecto es el acto de dirigirse a alguien, porque dirigirse a alguien obliga a estructurar en palabras lo vivido, y esa estructuración es la que hace el trabajo.

Hablarle al perro, al gato, a la planta parece ridículo visto desde fuera y resulta absolutamente común visto desde dentro de cualquier casa. El perro no entiende el contenido y la planta menos todavía. El dueño que conversa con ellos, en cambio, recibe algo parecido al consuelo de una presencia que escucha, aunque esa presencia no procese una sola de las palabras dichas.

Y luego está hablar solo, sin interlocutor de ninguna clase, dirigiéndose al aire mientras se piensa en voz alta. Caminar monologando. Conducir discutiendo con un adversario imaginario que tiene la decencia de perder siempre. La cognición humana recurre al lenguaje para auto-organizarse, y lo hace en forma de diálogo incluso cuando el segundo polo del diálogo es pura ficción.

Lo que comparten estas prácticas es de orden operativo y no metafísico. Producen efectos reales sobre quien habla al margen de qué sea, ontológicamente, el receptor. La conversación, entendida como práctica humana, nunca exigió que del otro lado hubiera alguien; exige que el hablante se dirija a algo —real o imaginado, da igual—, y es la operación de dirigirse la que hace el trabajo psicológico.

La novedad del chatbot

Sobre ese sustrato, los chatbots no son una ruptura sino una prolongación intensificada de lo de siempre. Y si la novedad importa, importa exactamente donde el chatbot hace algo que las prácticas anteriores no hacían.

Hace tres cosas. La primera salta a la vista: responde. El dios no responde, el muerto no responde, el diario no responde, el perro mueve la cola y se va. El chatbot devuelve texto fluido, coherente, articulado, que sostiene la conversación como un turno más de un diálogo a dos bandas. Toda la carga que el rezo descargaba sobre el hablante —fabricar la sensación de presencia, imaginar la respuesta del otro— la asume ahora el sistema desde su lado, y el lado humano se libera de ella. En la historia antropológica de hablarle a algo, eso no había pasado nunca.

La segunda es más callada. El receptor tradicional ausente era el mismo para todos: la plegaria que yo dirijo a la Virgen es la misma que dirige cualquier otro, personal en el detalle pero idéntica en el destinatario. El chatbot presenta un destinatario calibrado para la persona concreta, que recuerda conversaciones previas en los sistemas dotados de memoria persistente, que adapta el tono y devuelve respuestas hechas a medida. La sensación de relación bilateral se vuelve, por eso, mucho más intensa que la que jamás produjo una imagen votiva.

La tercera quizá pese más que las dos anteriores juntas, y tiene que ver con el reloj. Las prácticas de toda la vida traían un freno incorporado: se rezaba a horas concretas, el diario se escribía de noche, al muerto se le hablaba en momentos puntuales. El chatbot está siempre —en el bolsillo, en la pantalla del trabajo, en la cola del supermercado—, no se cansa y no juzga, de modo que ningún tope externo limita cuánto se acude a él. La duración y la frecuencia acumuladas por usuario pueden dispararse sin techo.

Júntense las tres y se obtiene una operación sin precedente exacto en la historia de la conversación con receptores ausentes. La misma especie de práctica de siempre, hablarle a algo que no es alguien, pero ejecutada con un aparato que retorna, se ajusta y no descansa. Que el efecto resulte más intenso es predecible desde la base etnográfica; que resulte más duradero, también. Lo que nadie ha medido son las consecuencias acumuladas a escala social.

La paradoja sin paradoja

La paradoja que planteaba la entradilla —el efecto es real aunque del otro lado no haya nadie— se deshace en cuanto uno la mira de cerca. La conversación humana nunca dependió, en sentido estricto, de que el receptor existiera; dependió de la disposición del hablante a dirigirse a algo. Lo demuestran las prácticas reseñadas y lo confirma la psicología experimental. No hay misterio que resolver, sino una intuición errónea que corregir.

Lo que sí aporta conversar con un receptor presente es información de retorno relevante. El otro escucha de verdad, contesta desde su propio marco, contradice cuando le da la gana, ofrece una perspectiva que uno no tenía y que a menudo no quería tener. Esa información de retorno, y no la existencia ontológica del receptor, es lo que distingue funcionalmente conversar de monologar.

Aquí el chatbot ocupa una posición intermedia y bastante incómoda de describir. Devuelve información, sí, en forma de texto fluido. Pero esa información no procede de un marco distinto del propio usuario: sale de la distribución estadística del corpus de entrenamiento, procesada por el modelo y servida de vuelta con buena dicción. Hay retorno, pero el retorno es un eco bien peinado, no el punto de vista de un segundo que viva en otro sitio. Funcionalmente, conversar con un chatbot se parece bastante más a un rezo intensificado que a una charla con otra persona.

Lo cual disuelve el debate falso entre quienes proclaman que conversar con la IA es como conversar con alguien y quienes lo despachan como hablar con una pared. Las dos posturas simplifican un objeto que no se deja simplificar. Conversar con la IA es una práctica nueva que toma rasgos prestados de varias antiguas —del rezo, del diario, del monólogo— y suma alguno propio, el retorno textual fluido el primero de todos. Cada rasgo arrastra sus efectos, y la mezcla no se reduce a ninguna de las prácticas de las que viene.

Lo que la escala cambia

Hay un dato que conviene poner encima de la mesa porque cambia la magnitud entera del asunto. Las prácticas antropológicas tradicionales operaron a una escala social estable durante siglos. Una proporción considerable de la humanidad ha rezado siempre, ha escrito diarios desde que existe la escritura, ha hablado con sus muertos desde que hay muertos que llorar. Sus efectos individuales se conocían, estaban mediados culturalmente, integrados en marcos religiosos, terapéuticos, sociales que sabían qué hacer con ellos.

La conversación masiva con chatbots tiene una historia de menos de una década, y su escala iguala o supera ya a la de varias de aquellas prácticas combinadas. OpenAI anunció en agosto de 2024 que ChatGPT había rebasado los doscientos millones de usuarios semanales, el doble que el noviembre anterior; en diciembre del mismo año la propia compañía elevó la cifra por encima de los trescientos millones. Sumados los demás servicios de uso amplio, la población que sostiene sesiones diarias o semanales con un chatbot se cuenta por cientos de millones, con frecuencias y duraciones altas por cabeza: sesiones varias veces al día, conversaciones que se alargan horas, dependencia funcional para tareas que antes se resolvían sin asistencia.

A esa escala, las consecuencias dejan de ser la suma de los efectos individuales y pasan a ser efectos sistémicos: propiedades que emergen cuando una fracción suficiente de la población hace lo mismo a la vez. Cambios en los patrones de comunicación, en cómo procesa cada cual su propia experiencia, en los circuitos de demanda relacional, en la manera misma en que la gente se enfrenta a sus problemas. Las prácticas de siempre tuvieron siglos para integrarse y para que sus efectos colectivos se manifestaran y se reconocieran. La conversación con chatbots no ha tenido ni de lejos ese plazo.

La pregunta no medida

Sherry Turkle formuló la pregunta antes de que existieran los grandes modelos de lenguaje. En Alone Together (Basic Books, 2011) sostuvo que la disposición humana a vincularse con simulacros conversacionales es vieja, y que la tecnología de su momento la explotaba con más eficacia que cualquier simulacro anterior. Lo que ella observaba en 2011 con robots sociales y mensajería instantánea, multiplicado por el factor de los modelos de lenguaje, es lo que tenemos hoy delante.

El aviso es medio siglo más viejo. Joseph Weizenbaum lo dejó escrito en Computer Power and Human Reason (1976) después de comprobar que su propia secretaria le pedía privacidad para hablar con ELIZA, un programa rudimentario que se limitaba a devolver las frases del usuario convertidas en preguntas. La secretaria había visto a Weizenbaum construirlo durante meses; sabía perfectamente qué era y de qué estaba hecho. Aun así quiso quedarse a solas con él. La disposición humana al vínculo con un simulador conversacional es estructural, viene de fábrica, y precede con holgura al despliegue masivo.

Lo que ni Turkle ni Weizenbaum podían medir, por anteriores al despliegue, son los efectos longitudinales del uso intensivo de chatbots avanzados sobre poblaciones grandes. Tampoco los mide nadie todavía. Los estudios longitudinales que harán falta tardarán años en aparecer, y cuando lleguen examinarán a cohortes ya expuestas durante una década o más, lo cual los condena a llegar tarde por construcción. Lo que hoy hay son trabajos transversales: el de Gerlich (2025) sobre descarga cognitiva y pensamiento crítico, o el del MIT Media Lab firmado por Kosmyna y otros, Your Brain on ChatGPT (2025), con datos de electroencefalografía que registraron menor conectividad neuronal en quienes redactaban con asistencia del modelo. Apuntan a efectos cognitivos detectables, pero no permiten cuantificar la causalidad a largo plazo, y sus propios autores piden cautela porque el segundo es todavía un preprint sin revisión por pares.

La pregunta concreta que ningún estudio actual responde con solidez es esta. Qué le pasa al cerebro de quien durante diez años ha externalizado al chatbot las conversaciones que antes mantenía consigo mismo, con sus muertos, con su diario, con sus amigos. La hipótesis ingenua dice que los efectos se parecerán a los de las prácticas antiguas, con sus beneficios terapéuticos y sus dosis razonables. La hipótesis menos ingenua sospecha que aquellas tres propiedades nuevas —retorno, ajuste, disponibilidad sin tope— producirán efectos distintos, más intensos en alguna dirección y posiblemente dañinos en otra.

Los mecanismos por los que el daño sería plausible no cuestan nada de imaginar. El retorno textual fluido podría atrofiar la capacidad de sostener la sensación de presencia sin respuesta, esa misma capacidad que el creyente entrenado, el escritor de diario y el doliente sí tenían y ejercitaban. El ajuste permanente podría educar la expectativa de un interlocutor que siempre te entiende, lo que erosiona la tolerancia a tratar con personas reales, que no siempre entienden ni les apetece entender. Y la disponibilidad sin freno podría generar dependencia a una intensidad que la frecuencia tasada de las prácticas tradicionales no permitió jamás. Nada de esto está confirmado. Nada de esto está refutado. Es lo que pasa cuando el experimento se ejecuta antes de plantearlo: los efectos se conocen después, sobre los sujetos que ya los han sufrido.

La conversación reformulada en silencio

Queda una observación incómoda. La palabra conversación está cambiando de significado en el habla corriente sin que la cultura registre el cambio. Hace veinte años conversar suponía un interlocutor humano, presente o mediado por tecnología pero humano al cabo. Hoy conversar puede querer decir dirigirse a un chatbot. La palabra ha estirado su alcance para cubrir el caso nuevo antes de que el caso nuevo demostrase ser equivalente funcional del antiguo.

Esa extensión silenciosa no es inocente, porque las palabras configuran las prácticas que nombran. Si llamamos conversación a lo que hacemos con el chatbot, damos por hecho que cumple las funciones de la conversación humana, y empezamos a dejar de hacer aquellas conversaciones humanas que el chatbot no puede sustituir. El desplazamiento es lento, agregado, individual. Avanza un paso cada vez que alguien le «consulta» a la máquina algo que antes habría hablado con un amigo, una pareja, un colega o un terapeuta.

Que eso sea un problema o no depende de qué conversaciones se mantengan y cuáles se cedan. Las funcionales —coordinar, preguntar un dato, redactar un texto— pueden migrar al chatbot sin pérdida evidente. Las de sustancia relacional son harina de otro costal: el duelo, una decisión vital, un vínculo afectivo, un conflicto, un perdón. Su sustitución por chatbot no es trivial precisamente porque su sustancia procede del hecho de que el otro humano es alguien, está expuesto, asume su parte y devuelve perspectiva propia. El chatbot devuelve texto, que es otra cosa por más que se le parezca al tacto.

La reformulación del término ocurre sin debate público y sin que nadie haya votado a favor. Sus consecuencias dependerán de cuánta proporción de cada tipo de conversación acabe migrando, de si los usuarios saben distinguir cuándo conviene cada cual, y de si la cultura encuentra modo de proteger los dominios donde la conversación humana sigue siendo insustituible. Son demasiados condicionales, y no hay garantía de que ninguno se resuelva bien.

Mientras tanto, cientos de millones de personas hablan a diario con algo que no existe, y hablarle les hace efecto de verdad. El laboratorio donde se mide ese efecto somos, ahora mismo, todos nosotros a la vez.

Definiciones

Receptor ausente. En la antropología de las prácticas conversacionales, el destinatario que no está físicamente presente o que no responde en sentido directo. Los efectos psicológicos de hablar dirigido a un receptor ausente están documentados en el rezo, el diario y el habla con los muertos.

Presencia escuchante. Sensación subjetiva de que alguien atiende lo que uno dice, al margen de qué sea ontológicamente el receptor. Sostenerla es trabajo psicológico activo en las prácticas tradicionales; el chatbot la sostiene desde el lado del sistema.

Efecto terapéutico de la escritura. Conjunto de beneficios cognitivos y de salud documentados por Pennebaker (1997) y replicados en numerosos estudios posteriores. Se produce por la operación de poner palabras a una experiencia emocional difícil, no por la existencia de un lector.

Vínculo unidireccional. Relación afectiva en la que una parte invierte emocionalmente y la otra no puede corresponder por naturaleza, porque no existe o porque, existiendo, no es persona. Históricamente tolerable en frecuencias bajas; sus consecuencias a frecuencias altas son materia abierta.

Efecto sistémico. Propiedad que emerge cuando una proporción significativa de una población adopta un comportamiento al mismo tiempo, y que no equivale a la suma de los efectos individuales. La conversación masiva con chatbots opera ya a esa escala.

Referencias

Luhrmann, T. M. (2020). How God Becomes Real. Kindling the Presence of Invisible Others. Princeton University Press. Trabajo etnográfico sobre las prácticas concretas mediante las cuales los creyentes sostienen la sensación de presencia del receptor invisible.

Pennebaker, J. W. (1997). Opening Up by Writing It Down. How Expressive Writing Improves Health and Eases Emotional Pain. Guilford Press. Síntesis de décadas de evidencia experimental sobre el efecto terapéutico de la escritura dirigida.

Turkle, S. (2011). Alone Together. Why We Expect More from Technology and Less from Each Other. Basic Books. Trabajo etnográfico sobre la disposición humana al vínculo con simulacros conversacionales antes de la era de los grandes modelos de lenguaje.

Weizenbaum, J. (1976). Computer Power and Human Reason. From Judgment to Calculation. W. H. Freeman. Análisis del efecto ELIZA y advertencia precoz sobre la disposición humana al vínculo con simuladores conversacionales.

Gerlich, M. (2025). AI Tools in Society. Impacts on Cognitive Offloading and the Future of Critical Thinking. Societies, 15(1), artículo 6. Estudio transversal que asocia el uso frecuente de herramientas de IA con menor pensamiento crítico mediado por descarga cognitiva.

Kosmyna, N. et al. (2025). Your Brain on ChatGPT. Accumulation of Cognitive Debt when Using an AI Assistant for Essay Writing Task. MIT Media Lab. arXiv:2506.08872 (preprint, sin revisión por pares). Datos de electroencefalografía sobre la menor conectividad neuronal en interacciones intensivas con modelos de lenguaje.

OpenAI (agosto de 2024). Anuncio de los doscientos millones de usuarios semanales de ChatGPT, recogido por Axios.

OpenAI (diciembre de 2024). Cifra de trescientos millones de usuarios semanales declarada por Sam Altman, recogida por CNBC.

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