En este artículo
- El día en que sobró todo
- La inteligencia se cambió de sitio sin que nos diéramos cuenta
- Las capas que atravesamos sin verlas
- Foucault, con cuarenta años de adelanto
- La huella humana bajo los pesos
- Producir dejó de garantizar ser leído
- La burbuja y su letra pequeña
- Lo enunciable como territorio en disputa
- La regulación llega tarde y mira de reojo
Definiciones · Referencias · También te interesa · En otros sitios
Me pasé media vida creyendo que el problema era encontrar. Que bastaba con buscar bien, leer más, llegar antes. Y de pronto el problema se dio la vuelta sin avisar: ahora sobra de todo, y lo único que escasea es alguien que elija por mí qué merece mi rato. Cualquier tema arrastra mil análisis, cualquier pregunta diez mil respuestas, y la inteligencia social que antes servía para generar contenido se ha mudado entera al oficio de descartarlo. Quienes ejercen hoy ese descarte —el ranking de búsqueda, la recomendación del feed, el autocompletado, la prioridad de bandeja, el asistente que contesta— son sistemas de inteligencia artificial entrenados con criterios que alguien decidió y que casi nadie audita. Foucault lo habría leído de un vistazo: quien gobierna la selección gobierna lo que llega a poder decirse.
El día en que sobró todo
Conviene fijar primero un orden de magnitud, porque sin él la palabra «saturación» suena a queja de tertulia.
IDC viene midiendo desde hace años lo que llama el datasphere (el volumen total de datos digitales generados, capturados o replicados en el mundo). En su informe Data Age 2025, sponsorizado por Seagate y publicado en 2018, cifraba esa masa en 33 zettabytes en 2018 y proyectaba unos 175 para 2025. Otras estimaciones más recientes lo empujan hasta el entorno de los 180. La curva crece a un ritmo que el informe situaba en torno al 61% anual compuesto; la capacidad humana de leer, mientras tanto, sigue siendo la de un primate con un día de veinticuatro horas y ganas de dormir parte de ellas.
Esa asimetría entre lo que se produce y lo que cabe consumir no la inventó internet. Ya existía con el libro impreso, y antes con el manuscrito. Lo que se ha torcido es su naturaleza. Cuando una biblioteca decente guardaba mil volúmenes, un lector tenaz podía aspirar a recorrer una fracción que significara algo, hacerse una idea, sostener una conversación. A YouTube se suben hoy del orden de quinientas horas de vídeo por minuto, según la propia plataforma. Eso son setecientas veinte mil horas diarias, ochenta y dos años de metraje cada veinticuatro horas. Nadie recorre eso. Se sortea. Y sortear, a esa escala, ya no lo hace una persona.
La inteligencia se cambió de sitio sin que nos diéramos cuenta
Lo llamativo no es el exceso. El exceso es ruido de fondo, lleva décadas con nosotros. Lo que vale la pena mirar es dónde se ha ido a vivir la inteligencia que antes ponía orden en lo poco que había.
Pongamos un editor de periódico nacional en 1960. Recibía un caudal manejable de teletipos y reportes, y de ese caudal escogía a mano la treintena escasa de noticias que ocuparían la portada del día siguiente. Su trabajo era seleccionar, y lo firmaba con su apellido. Si erraba, o si callaba algo a propósito, podía increparle el primer indignado que se lo cruzara en la barra del bar de enfrente. En 2026 esa misma función la ejecuta un curador algorítmico que criba millones de ítems por hora y compone un feed distinto en cada pantalla del planeta. La palabra que nombra la tarea no ha cambiado. Lo demás —la escala, la velocidad y, sobre todo, la opacidad— no se parece en nada.
El mismo desplazamiento se repite en cada punto donde antes había un humano entre la pregunta y la respuesta. El investigador que en 1970 caminaba hasta el fichero de fichas de cartón hoy interroga a un buscador, y entre su duda y las fuentes ya no media un catalogador con nombre sino una función de ordenación que nadie le explica. Quien necesitaba un dato y llamaba a un experto recibía un abanico de pistas, matices, «depende»; ahora le pregunta a un asistente conversacional que le devuelve un texto cerrado, terminado, con aire de respuesta única. El gesto de filtrar no se ha evaporado en ninguno de estos casos. Cambió de manos. Y las manos nuevas no atienden el teléfono.
Las capas que atravesamos sin verlas
Reconstruyamos un día digital cualquiera, porque la sensación de acceso libre se sostiene justo sobre no contar las capas que se interponen.
Uno empieza buscando algo y ve los diez primeros resultados de Google, Bing o Perplexity. La página tres, a efectos prácticos, no existe, y lo que el ranking entierra no es que se vea poco: deja de existir operativamente, que es otra cosa. Luego abre una red social, y lo que aparece en el scroll de X, Instagram, TikTok o LinkedIn ha salido elegido entre millones de candidatos por sistemas afinados con una sola obsesión, retenerlo un minuto más. Entra al correo, donde Gmail u Outlook ya repartieron sus mensajes en importante, promoción y ruido antes de que él leyera un solo asunto. Escribe una respuesta y el autocompletado le sugiere cómo terminar la frase, condicionando de paso la formulación misma de lo que pensaba decir. Pide música o una película, y Spotify, Netflix o Amazon le proponen; lo que no le proponen, rara vez se le ocurre buscarlo. Y cuando por fin le pregunta algo a un asistente, recibe una contestación y no un menú, con el filtro ya aplicado de fábrica, sin ver descartarse nada.
Estas capas se suman unas sobre otras. En una interacción corriente, una persona atraviesa dos o tres antes de toparse con lo que ingenuamente llama «contenido». La fantasía del tú a tú con lo que hay, del acceso directo a la información, es a estas alturas un residuo sentimental que conviene jubilar.
Foucault, con cuarenta años de adelanto
Michel Foucault formuló en L'ordre du discours (Gallimard, 1971) una idea que en su día sonaba a metafísica de seminario y hoy se lee como manual de instrucciones. El discurso, venía a decir, no es tanto lo que se dice como el conjunto de procedimientos de selección, exclusión y rarefacción que determinan qué se puede decir y qué no. Hay cosas que callamos porque están prohibidas, otras porque el contexto no las admite como enunciables, otras porque el orden vigente no las reconoce siquiera como verdaderas.
Llévese eso a los filtros y la metáfora se hace descripción literal, sin esfuerzo. Lo que el feed no muestra no se dice. Lo que la búsqueda no devuelve no se cita. Lo que el asistente omite de su respuesta no se considera, ni siquiera para refutarlo. Los algoritmos ejecutan a escala industrial la misma operación de selección y exclusión que Foucault atribuía al orden del discurso, despojada de la lentitud humana que antes la hacía discutible y, por tanto, atacable.
La pregunta que él dejó en el aire —quién manda en ese orden— admite en 2026 una respuesta más concreta de la que él podía permitirse en 1971. Mandan los equipos de producto de las cuatro o seis empresas que dominan la capa de mediación digital. No hace falta imaginar un designio político detrás; basta con que sus decisiones técnicas y comerciales tengan efecto sobre lo enunciable. Y lo tienen, lo busquen o no.
La huella humana bajo los pesos
Se diluye con facilidad un punto que no debería diluirse: el filtro tiene autor antes de tener pesos.
Un sistema aprende a ordenar resultados porque optimiza una función objetivo que un ingeniero escribió una tarde. Un feed prioriza la permanencia porque en alguna reunión se decidió que la permanencia era la métrica que pagaba las nóminas. Un asistente contesta como contesta porque un equipo eligió sus datos, le aplicó su ajuste por refuerzo y le trazó sus líneas rojas. La supuesta «neutralidad técnica» del algoritmo es una coartada comodísima para quien lo fabrica, que así presenta como hallazgo de la matemática lo que fue una decisión suya.
Frank Pasquale lo desmontó en The Black Box Society (Harvard University Press, 2015): la opacidad del algoritmo permite a sus autores esconder elecciones perfectamente humanas tras la fachada de unas cuentas que, dicen, no opinan. Han pasado más de diez años y el argumento, lejos de envejecer, se ha vuelto más certero a medida que las cajas se cerraban del todo.
Producir dejó de garantizar ser leído
Aquí asoma una asimetría que conviene nombrar sin maquillarla. El que produce —el periodista, el académico, el creador, el vecino que publica un hilo— ejerce su capacidad de producir, y hasta ahí llega su poder. Es el filtro quien decide si alguien lo lee. Dos funciones que durante siglos viajaron pegadas se han despegado con una nitidez sin precedentes.
Antes la cadena tenía eslabones que se podían señalar con el dedo, y cada uno respondía de lo suyo: producías, publicabas en un medio con cabecera, distribuías por un canal con dueño conocido, llegabas a un lector. Con el filtro algorítmico la cadena se contrae hasta casi desaparecer: producir, algoritmo, lector. El algoritmo se traga de un bocado la publicación, la distribución y la curaduría, y se las traga sin rendir cuentas de ninguna. El que publica trabaja a ciegas, sin saber qué porción de público lo recibirá. El que lee trabaja igual de ciego, sin saber qué le ocultaron para que recibiera exactamente eso y no otra cosa.
La burbuja y su letra pequeña
Hay un matiz honesto que conviene incorporar, aunque estropee el sermón fácil sobre las burbujas.
Eytan Bakshy, Solomon Messing y Lada Adamic, en «Exposure to ideologically diverse news and opinion on Facebook» (Science 348, 2015), midieron sobre diez millones de usuarios y encontraron que la exposición a información ideológicamente diversa sí se reduce, pero que el factor que más pesaba en esa reducción era la elección del propio usuario —a quién sigue, en qué pincha— por encima del algoritmo de Facebook considerado aparte. El filtro recortaba la diversidad; la voluntad del usuario, según ellos, recortaba más.
Ese matiz es cierto y no absuelve al filtro. Filtro y voluntad no compiten en bandos opuestos, se realimentan en un bucle estrecho. El sistema propone aquello que el usuario ya eligió, el usuario elige dentro de lo propuesto, el sistema aprende de esa elección y afina la siguiente ronda. Repartir porcentajes de culpa entre uno y otra es un debate legítimo para la academia, pero no roza la consecuencia política, que es seca y se enuncia sin rodeos: la exposición de los ciudadanos a información diversa está mediada por sistemas cuyos pesos no audita nadie en público.
Lo enunciable como territorio en disputa
El campo de lo que se puede decir y, sobre todo, ser escuchado, siempre estuvo en disputa. Se lo repartieron tradiciones, iglesias, partidos, periódicos, escuelas enteras de pensamiento, y todos ellos cargaban con una incomodidad útil: se les podía replicar.
La novedad de este siglo es que sobre ese viejo reparto se ha encaramado un actor sin precedentes, el filtro, que ejerce una selección de efecto sustantivo sobre el resultado y que, a diferencia de cuantos lo precedieron, no debate, no publica un ideario que rebatir, no se deja interpelar en la barra de ningún bar. Donde antes había un censor con cara, ahora hay un parámetro.
Lo que viene es opinión mía, aunque documentable. Discutir libertad de expresión sin discutir libertad de filtro es discutir a medias. La libertad de expresión, escrita en tantas constituciones, ampara el derecho a emitir; no ampara el derecho a ser recibido, que es harina de otro costal. Si el filtro decide qué se recibe y el filtro no está sujeto ni a esa protección ni a una auditoría comparable, la garantía formal sigue ahí, intacta sobre el papel, mientras se vacía por dentro. Nadie infringe la ley. La ley, simplemente, ha dejado de cubrir el sitio donde de verdad se juega el partido.
La regulación llega tarde y mira de reojo
Algo se mueve, despacio y a remolque.
La Digital Services Act europea —Reglamento (UE) 2022/2065— impone a las grandes plataformas obligaciones de transparencia sobre los parámetros principales de sus sistemas de recomendación, evaluación de riesgo sistémico y, en su artículo 38, la obligación de ofrecer al menos una versión del recomendador que no se base en la elaboración de perfiles. Se aplica de forma gradual desde 2023 y su eficacia real está todavía por demostrarse. El Reglamento (UE) 2024/1689, aprobado el 13 de junio de 2024 y conocido como AI Act, levanta un marco para los sistemas de inteligencia artificial con un calendario escalonado que va alcanzando sus distintas disposiciones en los años posteriores. Por debajo de ambos textos circulan propuestas de auditoría algorítmica independiente que ningún país ha convertido aún en obligación general, y la idea de un derecho a escoger un filtro alternativo —un feed cronológico, uno transparente— que alguna plataforma ofrece ya como opción enterrada en los ajustes, casi ninguna como deber exigible.
Lo que sigue sin existir es una supervisión sobre los criterios que entrenan los filtros equiparable a la que pesa sobre las prácticas comerciales o sobre los medios de comunicación tradicionales. La capa que decide qué llega a cada pantalla opera con bastante menos escrutinio externo que cualquiera de las capas de mediación que la precedieron. Del monasterio que copiaba a mano sabíamos, por lo menos, qué decidía no copiar.
Definiciones
Saturación informativa. Estado del entorno digital en el que la oferta de contenido desborda con holgura la capacidad humana de consumo, de modo que acceder a algo útil obliga a filtrar.
Filtro algorítmico. Sistema técnico que selecciona, ordena o prioriza información antes de presentarla al usuario, según criterios definidos por sus diseñadores y aprendidos de los datos.
Orden del discurso. En Foucault, el conjunto de procedimientos de selección, exclusión y rarefacción que determinan qué puede decirse y ser escuchado en un contexto dado.
Filter bubble (burbuja de filtro). Aislamiento informacional producido por la personalización algorítmica, que reduce la exposición a información diversa.
Datasphere. Término empleado por IDC para designar el volumen total de datos digitales generados, capturados o replicados en el mundo.
Algorithmic gatekeeping (control algorítmico de acceso). Función de control sobre qué información llega al receptor, ejercida por sistemas algorítmicos, en paralelo digital del antiguo control editorial humano.
RLHF (ajuste por refuerzo a partir de retroalimentación humana). Técnica de entrenamiento en la que las respuestas de un modelo se afinan según preferencias marcadas por personas.
Referencias
Michel Foucault, L'ordre du discours (Gallimard, 1971). Origen de la noción de orden del discurso como sistema de selección y exclusión, marco central del artículo.
Frank Pasquale, The Black Box Society (Harvard University Press, 2015). Argumenta que la opacidad técnica del algoritmo encubre decisiones humanas tras una apariencia de neutralidad.
Eytan Bakshy, Solomon Messing y Lada Adamic, «Exposure to ideologically diverse news and opinion on Facebook», Science 348(6239), 2015, pp. 1130-1132. Matiza el peso del algoritmo frente a la elección del usuario en la reducción de la exposición diversa, sobre una muestra de unos diez millones de usuarios.
Eli Pariser, The Filter Bubble. What the Internet Is Hiding from You (Penguin Press, 2011). Acuñación y difusión del concepto de burbuja de filtro.
Reglamento (UE) 2022/2065 (Digital Services Act). Obligaciones de transparencia sobre recomendadores, mitigación de riesgo sistémico y opción de un recomendador sin elaboración de perfiles (art. 38) para las grandes plataformas; citado en el tramo sobre regulación.
Reglamento (UE) 2024/1689 (AI Act), aprobado el 13 de junio de 2024. Marco europeo para los sistemas de inteligencia artificial, con aplicación escalonada; citado en el mismo tramo.
IDC, Data Age 2025 — Worldwide Global DataSphere Forecast (informe sponsorizado por Seagate, edición de 2018 y actualizaciones posteriores). Fuente de las cifras de volumen de datos: 33 zettabytes en 2018 y proyección de unos 175-180 para 2025.
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