La pérdida de foco. Sostener una idea media hora ya es contracultural

En este artículo

  1. Ocho segundos y un pez de colores
  2. Lo que Gloria Mark midió en las pantallas
  3. El defensor de la atención tiene buenos argumentos
  4. Mi respuesta, que es una concesión con matices
  5. Doscientas setenta y cinco interrupciones al día
  6. La IA como cobradora, no como causa
  7. Apagar como gesto contracultural

Definiciones · Referencias · Para profundizar

Hoy hablamos de la atención, que es un tema en el que todo el mundo opina con mucha seguridad y muy poca medida. Mi tesis, de entrada, es que sostener una idea media hora se ha vuelto raro, y que la IA llega a cobrar esa rareza, no a provocarla.

Hoy hablamos de la atención, que es un tema en el que todo el mundo opina con mucha seguridad y muy poca medida. Mi tesis, de entrada, es que sostener una idea media hora se ha vuelto raro, y que la IA llega a cobrar esa rareza, no a provocarla. ¿Pero estamos de verdad más distraídos, o solo lo parecemos porque el entorno nos tira de la manga cada dos minutos? No lo tengo claro, y al preparar este texto descubrí que la parte de la ciencia que me llevaba la contraria era más sólida de lo que yo esperaba. Escribo esto con tres pestañas abiertas y el móvil boca abajo, que es la forma educada de tenerlo boca arriba. Vamos a verlo empezando por un pez.

Ocho segundos y un pez de colores

En 2015 un informe de marketing de Microsoft Canadá soltó una cifra que se volvió eslogan: la atención humana habría caído de doce segundos en el año 2000 a ocho en 2013, uno menos que un pez de colores. El periodista Simon Maybin, de la BBC, rastreó el dato en 2017. Microsoft no lo había medido; lo citaba de una web llamada Statistic Brain, y las fuentes que esta decía usar no encontraron ningún estudio detrás. Tampoco hay pruebas de que los peces de colores tengan una atención especialmente corta. El número era humo.

Nos lo creímos porque lo plausible era la tendencia, no el número. Y la tendencia, en un sentido concreto, sí está medida.

Lo que Gloria Mark midió en las pantallas

Gloria Mark, psicóloga de la Universidad de California en Irvine, lleva unos veinte años instalando registradores en los ordenadores de oficinistas reales para ver cuánto tiempo pasan en una misma pantalla antes de cambiar. Los datos, recogidos en su libro Attention Span (2023), dibujan una curva limpia. En 2004 la media era de unos dos minutos y medio. En 2012, setenta y cinco segundos. A finales de la década de 2010, cuarenta y siete segundos, con una mediana de cuarenta: la mitad de los periodos de atención sobre una pantalla terminaban antes de cumplir el medio minuto largo.

Esa curva mide cuánto aguanta alguien en una ventana del ordenador mientras trabaja, no si es capaz de concentrarse. La prensa suele confundir las dos cosas, y la diferencia importa para lo que viene después.

Mark tiene otro trabajo, menos citado, que me parece más revelador. En 2008, con Daniela Gudith y Ulrich Klocke, interrumpió a voluntarios mientras redactaban correos. Los interrumpidos terminaban antes y con la misma calidad. El precio aparecía en otra columna: más estrés, más frustración, más sensación de prisa y de esfuerzo. Compensamos la interrupción acelerando, y lo pagamos por dentro.

El defensor de la atención tiene buenos argumentos

Aquí llega la parte que me obligó a reescribir medio artículo. Si la capacidad de concentrarse se estuviera desplomando, los tests de laboratorio lo deberían notar. Y no lo notan.

En 2024, Andrzejewski, Zeilinger y Pietschnig publicaron en Personality and Individual Differences un metaanálisis de resultados en el test d2, una prueba clásica de concentración bajo presión. Reunieron cerca de trescientas muestras, más de veinte mil personas de treinta y dos países, entre 1990 y 2021. Los niños puntuaban igual a lo largo de esos treinta años. Los adultos, ligeramente mejor.

El psicólogo cognitivo Daniel Willingham, que lleva años desmontando mitos educativos, resumió la cuestión en primavera de 2026 para la revista de la Federación Americana de Profesores: los dispositivos no parecen degradar la capacidad de atender. Lo que cambia, propone, es la decisión de atender. Un alumno que tiene en el bolsillo algo más entretenido que la clase concluye antes que se aburre, porque compara sin darse cuenta. Puede hacerlo; elige no hacerlo.

Y la IA, según algunos datos, ni siquiera empeora el cuadro. Un experimento de campo con 7.137 trabajadores de 66 empresas (Dillon, Jaffe, Immorlica y Stanton, NBER, 2025) dio acceso aleatorio a Microsoft 365 Copilot a una parte de la plantilla. Quienes lo usaron pasaban unas dos horas menos a la semana en el correo y trabajaban menos fuera de horario. Si el correo era la gran fuente de interrupciones, un asistente que lo despacha devuelve tiempo continuo.

Es una posición seria: el problema estaría en las condiciones, no en el cerebro. Arregla las condiciones y la atención sigue ahí.

Mi respuesta, que es una concesión con matices

Le doy la razón en lo principal y me la quedo en lo que importa. Pues no lo sé, pero lo que sí sé es que «puedes concentrarte en un test de diez minutos si alguien te lo pide» y «te concentras media hora cuando nadie te lo pide» son capacidades distintas, y la segunda es la que tenemos en juego. El d2 mide la primera. El día real, la segunda.

El propio argumento de Willingham, leído despacio, lo confirma. Si la capacidad está intacta pero cada vez elegimos menos ejercerla, el problema no desaparece; cambia de sitio. Una capacidad que no se elige ejercer durante años deja de estar disponible cuando hace falta. Perdón, quiero decir que eso es lo que sospecho, no lo que está medido: no hay estudio longitudinal que siga a la misma persona veinte años. Lo marco como hipótesis.

Y el experimento de Copilot ahorra horas de correo, pero no dice nada de lo que se hace con ellas. Ahí entra otro dato que va en dirección opuesta.

Doscientas setenta y cinco interrupciones al día

El informe especial del Work Trend Index de Microsoft de junio de 2025, Breaking Down the Infinite Workday, analizó señales de uso de Microsoft 365. El trabajador medio recibe una interrupción (reunión, correo o mensaje de chat) cada dos minutos durante su jornada central: unas 275 al día. Es un informe corporativo, de una empresa que vende la solución al problema que describe, pero cuadra con los números de Mark.

Más revelador es el trabajo de Aruna Ranganathan y Xingqi Maggie Ye, de la Universidad de California en Berkeley, publicado en Harvard Business Review en febrero de 2026. Siguieron durante ocho meses a una empresa tecnológica de unas doscientas personas donde el uso de IA era voluntario. La IA no redujo el trabajo: lo intensificó. Las tareas se expandieron, la frontera entre trabajo y casa se difuminó y la multitarea se volvió constante. Las horas que el asistente libera se rellenan con más asistente.

Un experimento dice que se ahorra correo; una etnografía, que ese tiempo se evapora en más tareas fragmentadas. Probablemente las dos tienen razón.

La IA como cobradora, no como causa

La fragmentación no la inventó ChatGPT en 2022. La empezó el teléfono inteligente hacia 2007 y la aceleraron las notificaciones, los muros infinitos y el diseño persuasivo de la década siguiente. Nicholas Carr lo planteó en The Shallows (2010) en términos de plasticidad: el cerebro refuerza los circuitos que usa. El metaanálisis del d2 obliga a rebajar esa tesis: si la concentración en bruto se estuviera erosionando, se vería en los tests.

Lo que la IA añade es otra cosa. Aparece justo en el instante en que ibas a soltar el remo. El autocompletado llega cuando la frase se resistía; la sugerencia del chatbot rellena el hueco que la duda iba a dejar. No interrumpe: ofrece una salida. Y la salida tiene una forma muy precisa, la de evitar los minutos incómodos en los que una idea todavía no tiene forma y uno tiene que aguantarla sin ayuda.

Esos minutos incómodos son, sospecho, el sitio donde se entrena la atención que el d2 no mide.

Apagar como gesto contracultural

Cal Newport lo vendió en Deep Work (2016) como ventaja de mercado: si cada vez menos gente sabe concentrarse, quien sabe vale más. Johann Hari, en Stolen Focus (2022), lo plantea al revés, como un recurso colectivo extraído por una industria que vive de extraerlo. Hari tiene un historial periodístico con manchas (en 2011 reconoció haber presentado en sus entrevistas, como dichas a él, frases sacadas de otras fuentes), así que lo leo con lupa; aun así, su marco tiene una virtud. Saca la pregunta de la culpa individual y la devuelve a la infraestructura.

Mi posición es intermedia y algo incómoda. Si Willingham tiene razón y la atención está intacta pero no la elegimos, la disciplina individual sirve. Si Hari tiene razón y hay una industria optimizada para que no la elijas, la disciplina individual es remar contra una corriente diseñada. Probablemente sea la primera cosa dentro de la segunda, que es la peor combinación posible: tienes la capacidad y tienes la responsabilidad, pero no tienes el entorno.

Sentarse delante de una pantalla en blanco sin asistente, sin sugerencias y sin notificaciones, y aguantar una idea media hora hasta que coja forma, es hoy un gesto que hay que decidir cada quince minutos. Y la cuenta que nadie presenta en los informes de productividad es justo esa: lo que la tarea entrenaba sin que lo supieras.

Definiciones

  • Atención sostenida: capacidad de mantener el foco sobre una misma tarea o contenido durante un periodo prolongado sin desplazarlo a estímulos competidores.
  • Cambio de pantalla: en la investigación de Gloria Mark, evento registrado por software cuando la persona cambia la ventana o la pestaña activa del ordenador.
  • Test d2: prueba estandarizada de atención selectiva y concentración en la que hay que localizar rápidamente símbolos concretos entre distractores parecidos.
  • Deep work: término de Cal Newport para el trabajo cognitivamente exigente hecho en concentración sin distracciones.

Referencias

  • Mark, G. — Attention Span. A Groundbreaking Way to Restore Balance, Happiness and Productivity (Hanover Square Press, 2023).
  • Mark, G., Gudith, D. & Klocke, U. — The cost of interrupted work. More speed and stress. Proceedings of CHI 2008, 107-110.
  • Andrzejewski, Zeilinger & Pietschnig — Is there a Flynn effect for attention? Cross-temporal meta-analytical evidence for better test performance (1990–2021). Personality and Individual Differences 216, 112417 (2024).
  • Willingham, D. — Ask the Cognitive Scientist. Do Today's Kids Have Reduced Attention Spans? American Educator, primavera de 2026.
  • Dillon, E. W., Jaffe, S., Immorlica, N. & Stanton, C. T. — Shifting Work Patterns with Generative AI. NBER Working Paper 33795 (2025, revisado en noviembre de 2025).
  • Microsoft WorkLab — Breaking Down the Infinite Workday, Work Trend Index Special Report (junio de 2025). Informe corporativo, sin revisión por pares.
  • Ranganathan, A. & Ye, X. M. — AI Doesn't Reduce Work—It Intensifies It. Harvard Business Review, 9 de febrero de 2026.
  • Maybin, S. — Busting the attention span myth. BBC News (2017).
  • Carr, N. — The Shallows. What the Internet Is Doing to Our Brains (Norton, 2010).
  • Newport, C. — Deep Work. Rules for Focused Success in a Distracted World (Grand Central, 2016).
  • Hari, J. — Stolen Focus. Why You Can't Pay Attention (Crown, 2022).

Para profundizar

  • Crawford, M. B. — The World Beyond Your Head. On Becoming an Individual in an Age of Distraction (Farrar, Straus and Giroux, 2015). Trata la atención como relación práctica con un mundo de cosas que exigen rigor, no como recurso interno. Sirve de contrapeso a la lectura economicista de Hari.

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## En otros sitios - Scientific American — Are attention spans really shrinking? What the science says - American Educator — Daniel Willingham sobre la atención de los niños - Harvard Business Review — AI Doesn't Reduce Work—It Intensifies It

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